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8: ¿Resistirse o no resistirse?


Cada persona se ve a sí misma de una manera específica en cada ámbito de su vida. Desde la perspectiva profesional, las personas se alinean con un camino particular, muchas veces asociado a una función o rol acotado dentro de su profesión. Por ejemplo, un ingeniero en informática: se podrá ver a sí mismo como administrador de bases de datos, como ingeniero de sistemas, como diseñador de aplicaciones, como desarrollador, y un largo etcétera. Y algo similar ocurre en todas las profesiones, cada quién se ve a sí mismo en un lugar particular. Esta visión puede ser producto de decisiones personales conscientes, o resultado del camino recorrido.

Salir de esa visualización no necesariamente es fácil, ya que implica abandonar el círculo de comodidad, y situarse mentalmente frente a nuevos desafíos, quizás ni siquiera imaginados, y con posibles resultados totalmente desconocidos.

Nuevamente, el cerebro “automático” sugerirá mantenerse ahí mismo, sin cambios. Y le pasa a todo el mundo. Pasa con las cosas grandes y con las cosas chicas. La clave, al parecer, es la flexibilidad, que según la RAE es la capacidad de adaptarse con facilidad.

Para nadie es fácil: la resistencia es la reacción natural. Salir de éste círculo de comodidad cuesta mucho. Les pasa a todos. Phil Collins, hablando de la época en que Peter Gabriel dejó Genesis: “A mí no se me ocurrió –ni a ninguno de los demás- que yo pudiera tener remotamente lo necesario para ser el cantante”. El mismo Phil Collins que luego grabó ocho discos solistas superventas y ganó la misma cantidad de Grammys no se veía a sí mismo como otra cosa que un baterista.

Incluso se pueden tener esquemas mentales armados antes de comenzar: un pre-concepto de cómo será un nuevo trabajo, quién será el jefe, los colegas. Pero a veces esos esquemas pueden ser cambiados en la realidad de manera rápida y ¡sin contar necesariamente con la propia aprobación previa! Con ese orden de cosas, lo mejor es estar siempre preparado para enfrentar eventuales cambios, tener un plan B o -al menos- la actitud correcta para asumirlos y aceptarlos.

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¿Banca Personas o Banca Centralizada?
1994. Octubre. Todos los años se realizaba en la Universidad la Feria Empresas y Trabajo. Distintas empresas mandaban representantes que se instalaban en un puestito y captaban estudiantes, egresados o a punto de egresar, eventualmente interesados en unirse a sus filas. Básicamente era un excelente punto de encuentro en que todos ganaban: las empresas podían elegir dentro de los profesionales más nuevos, y los estudiantes que estaban terminando podían encontrar un trabajo sin siquiera salir del espacio físico de la Universidad.

Ese año en particular la organización de la feria corría por parte de los alumnos del Departamento de Electrónica, quienes quisieron hacer un gallito definiendo la prioridad uno para su carrera. Informática entró en el juego y dijo “no vamos”, a sabiendas de que las empresas venían principalmente a buscar informáticos.

Dicho y hecho. Terminado el primer día de la feria, un representante de los alumnos de Electrónica se me acerca y me comenta que la persona que vino a capturar interesados de parte de un importante banco estaba furioso porque en todo el día no había ido ni un solo informático, y que por favor al día siguiente yo fuera y hablara con él.

Y eso hice. Pedro, que así se llamaba el Jefe de Proyectos que representaba al banco, me contó que lo que a él le gustaría era reunirse con alumnos de último año interesados en escuchar su propuesta. Si yo pudiera conseguir una sala y organizar eso, sería fabuloso. Pedí una sala, corrí la voz, y al cabo de unas horas habíamos unos 40 alumnos próximos a egresar escuchando a Pedro hablarnos -de manera muy positiva e interesante- de lo que significaba trabajar en la Gerencia de Informática de su banco. E invitó a quienes estuvieran interesados a conversar con él en la feria, dejar sus datos, etc. 

Más tarde ese día me acerqué a su puesto en la Feria Empresas y Trabajo, lo saludé nuevamente, y me senté. “Te estaba esperando”, me dijo, “necesitamos gallos como tú en el banco”, “si quedas, te quiero trabajando conmigo”. Había pasado de ser un desconocido alumno a punto de egresar a ser alguien que estaba en el interés de una gran organización para integrarme a sus filas. Le dejé mi hasta entonces exiguo currículum, nos dimos la mano, y al cabo de unas semanas me llegó un télex (si, ¡un télex!) a la casa citándome a entrevista en Santiago. En verdad, no fue una entrevista: fue una batería de tests psicológicos masivos que rendí en un gran auditorio con otras –fácilmente- 100 personas, dentro de las cuales había varios compañeros de universidad. Un segundo télex me citó a entrevista con la psicóloga laboral del banco. Y un tercer télex, a entrevista con el Gerente de Desarrollo en persona, que me hizo una oferta de trabajo por tres meses (a modo de “prueba”) pero con el compromiso de mi parte de irme a vivir a Santiago. Negocié el cambio de domicilio por un contrato indefinido, y llegamos a un acuerdo satisfactorio para ambas partes.

1995. 2 de Enero. 8:45. Mi primer día de trabajo en el mundo real. Estaba en el acceso de la Gerencia de Informática del Banco, en calle Morandé, pleno centro de Santiago. Me autorizan a subir, Pedro me recibe, y me cuenta las buenas y las malas noticias.

La mala era que, en ese momento, su departamento (Banca de Personas) estaba con todos los puestos ocupados. Yo, por supuesto, podría exigir quedarme ahí en tanto eso fue lo que él me ofreció, pero en verdad no tendría mucho para hacer.

La buena era que otro departamento (Banca Centralizada) estaba con déficit de personal y ellos me recibirían con los brazos abiertos y más que felices. Estaban cortos de manos y tenían mucho que hacer. Al cabo de unos meses descubriría que pocas manos para mucho trabajo pendiente era una manera muy positiva de plantearlo.

Siendo mi primer día, yo no tenía para nada claro lo que hacía ninguna de las dos áreas, y simplemente tomé la opción que ofrecía menos resistencia. Y eso dio pie a una interesante carrera de casi diez años, comenzando en Banca Centralizada, siguiendo en el Área Proyectos Especiales, y luego en la Gerencia de Procesos de Negocios.

Ningún cambio de área fue pedido por mí. La organización me llevó por los derroteros que quiso, muchas veces sin siquiera preguntar mi opinión. Tuve que soportar malas prácticas, hasta que me incluyeran en una “lista negra” el 2002 cortesía de disputas internas entre mi subgerente y un par suyo. Y en ese momento, apareció Pedro, que ya era Gerente de Desarrollo en la Banca Virtual. De manera muy oportuna, ahora sí tenía un puesto disponible en su gerencia. Casi siete años más tarde, finalmente tuvimos la oportunidad de trabajar juntos.

Quizás estaba escrito que trabajaríamos juntos. Y de algún modo Pedro tenía razón: trabajamos muy bien, por un par de años. Lo que nadie sabía en 1995 era que nos tomaría más de un lustro llegar a ese punto.

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Ya durante el desarrollo de la carrera profesional se le va tomando el gusto a ciertas cosas más que a otras. Hay temas que se dan naturalmente, dependiendo de la personalidad y atributos de cada uno. Sin embargo, hay elementos que pueden no ser vistos, pero que son evidentes para el ojo más experimentado. Y por ahí, por esa diferencia de apreciación, se puede generar una resistencia a seguir ciertos caminos o a enfrentar algún tipo de desafíos específicos.

Mal que mal el ser humano sólo ve lo que puede ver. Y, algunas veces, lo que quiere ver.

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Trabaja en Calidad, decían…
1998. Me llega un sucinto correo de mi ex compañero de universidad y amigo Claudio Valderrama. “Están buscando gente en Microsoft-USA. Escribe a tal correo.” ¿Qué podía hacer? Escribí. No perdía nada más que unos minutos, y la oportunidad se presentaba como el sueño del pibe. Me escribieron de vuelta. Coordinamos una entrevista telefónica. Me llamaron. Una hora hablando: preguntas técnicas, sobre jefatura de proyectos, sobre mi historia profesional. Me gustó lo que escuché. Se volverían a comunicar conmigo para informarme si pasaba a la siguiente ronda.

Aparentemente a ellos también les gustó lo que escucharon. Me citaron a la segunda ronda: entrevistas para un grupo de postulantes latinoamericanos, nada menos que en Rio de Janeiro. Yo tenía que costearlo de mi bolsillo pero todos los gastos eran a rendir. La entrevista se agendó para un sábado a las 9:00 AM en un hotel en Copacabana. Compré los pasajes para el día viernes, reservé el hotel, y salí el viernes temprano a Sao Paulo, una breve escala, y finalmente el vuelo a Rio. Dí una vuelta por los alrededores, me acostumbré un poco al calor, y el sábado temprano caminé por la vereda de Copacabana hasta el Sofitel Rio Palace. Hice mis tres o cuatro entrevistas esa mañana, y me regresé sobre la marcha a Santiago.

Y pasé a la tercera ronda: entrevistas en la casa matriz, en Redmond, estado de Washington, USA. Me ofrecieron distintas posibilidades de fechas para las entrevistas, me dieron opción de irme antes y volver después “para que puedas conocer”, me mandaron el pasaje, me reservaron el hotel, me dijeron que guardara hasta la última boleta porque absolutamente todo sería reembolsado, en fin. “Estudia informática”, decían, “te llevará lejos”.

Aproveché un feriado, me tomé dos días de vacaciones, y partí un sábado en la noche. Conocí Redmond y el pueblo del lado, Bellevue, el domingo, fui a las entrevistas el lunes, fui a Seattle el martes y me regresé el miércoles. Todo lo que comí en el hotel estaba pagado. ¡Si hasta me dejaron un talonario de vales de taxi!

Las entrevistas fueron cosa de otro mundo. El campus, los edificios, las instalaciones, todos trabajando con la vestimenta más informal posible (en una época en que yo tenía que usar corbata de lunes a viernes), bebidas a destajo, todos tenían oficina con puerta y ventanas, en fin. Las entrevistas, seis o siete, de una hora cada una, incluyendo una con almuerzo, tendían hacia el área de Control de Calidad. Ellos insistían en verme en ese rol. Yo no estaba muy de acuerdo y trataba de llevar la conversación hacia manejo de proyectos. Control de Calidad no era algo que me gustara, jamás lo había hecho y no entendía el por qué querían ir para allá.

Regresé a Santiago y a los pocos días me llamaron. Estaban encantados conmigo pero habían decidido que, por el momento, no me harían una oferta. Gracias pero no, gracias.

2001. En la Gerencia de Desarrollo del Banco me designan a cargo del área de Control de Calidad. En esto estuve hasta el 2004. Y luego el 2005-2006 hice exactamente lo mismo en otra empresa. Y parte de los años 2007-2008, en una consultora internacional, también estuve en Control de Calidad para un proyecto de implementación en un banco, liderando un equipo remoto de pruebas en Buenos Aires. Más allá de que a mí no me gustara inicialmente ese trabajo, o no tuviera experiencia, de algún modo terminé haciéndolo, y al parecer razonablemente bien.

¿Habría sido distinto el resultado con Microsoft si yo hubiera estado más interesado en el área que ellos proponían? No tengo cómo saberlo. Pero aparentemente el control de calidad y yo teníamos más puntos en común de lo que yo era capaz de ver en 1998.

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Es difícil, si no imposible, juzgarse uno mismo de manera imparcial. Es sólo natural tender a brindarle más peso a las virtudes que a los defectos, y del mismo modo, verse como de costumbre, jugando el rol “de siempre”. Y, encima, muchas veces uno mismo no ve cosas que los demás sí.

Salir del círculo de comodidad, verse de una manera distinta, no es para nada fácil. Pero requiere una única cosa: la capacidad de mirar de otra manera. O, quizás, escuchar a ese otro que está constantemente contándonos “su” visión. A veces el primer obstáculo que se debe enfrentar para lograr que un cambio resulte es uno mismo, su propia resistencia. ¿Qué es lo peor que podría pasar? Claro, que no resulte. Pero ya se sabe que hay algo que se venía haciendo bien y -teóricamente- siempre se podrá volver a eso. ¿Y si en lo nuevo se es aún mejor? Eventualmente esa puede ser la puerta a la siguiente etapa de la vida.

Lo bueno es que “el mundo real es gloriosamente impredecible” (Nick Hornby).

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